Mi primer recuerdo de la enfermedad de Chagas fue en la facultad de medicina. Durante una clase, un docente del ciclo clínico demostraba que, a pesar de los avances científicos y tecnológicos en otras problemáticas de salud, el mapa epidemiológico de los casos era muy similar a lo notificado muchos años atrás por Salvador Mazza. Significó, en mi caso, la mejor ejemplificación de lo que tiempo después conocería como una “enfermedad desatendida”. Esa experiencia me acompaño durante el resto de mi carrera de grado, mi residencia y se vio particularmente acentuada durante mis años de fellow en infecciones perinatales, ya que, para ese momento, desde hacía años la transmisión vertical de Chagas se había convertido en la principal vía de generación de nuevos casos en el nuestro país. 

En ese entonces y para esa población de gestantes, recién nacidos y lactantes, disponíamos de una muy buena técnica de diagnóstico para detectar esos nuevos casos de Chagas durante los primeros días de vida, un método directo conocido como micrométodo o strout, estudio que se realiza de manera manual, requiere de entrenamiento específico, y la disponibilidad suficiente de tiempo para realizar el procedimiento y su correspondiente lectura individual. Cada posible diagnostico representaba un esfuerzo considerable, y rara vez se obtenían los resultados durante las primeras semanas de vida. 

Sin embargo, dos cosas muy alentadoras estaban ocurriendo en el año 2007: por un lado, las investigaciones sobre técnicas para la detección de DNA de microorganismos estaban en pleno desarrollo y los nuevos termocicladores, habitualmente utilizados para mensurar la carga viral de VIH, prometían estar más disponibles, lo que eventualmente posibilitaba una mayor descentralización y el consecuente mayor acceso. En segunda instancia y en ese mismo año, se promulgaba la Ley de Chagas en la Argentina, lo que significaba un logro importantísimo en cuanto a posicionamiento de la problemática en la agenda sanitaria nacional. 

El tiempo transcurrió y mi vínculo con el Chagas continuó desde un nuevo enfoque, la Salud Publica, el cual me permitió trabajar desde el fortalecimiento de la perspectiva de Chagas como competencias profesionales durante el período de formación de las residencias para profesionales de la salud, que implicaba a médicos como así también otras disciplinas del equipo del salud, ya que el Chagas como problema de salud representa un perfecto modelo que requiere de un abordaje interdisciplinar e integral, siendo insuficiente pensar que puede resolverse con una mirada exclusivamente biologicista. 

Años después, sería el momento de tener una muy valiosa experiencia directamente vinculada a la gestión en el primer nivel de salud, la cual significó la oportunidad directa de trabajar, nuevamente, en una estrategia que había llevado adelante en mi recorrido hospitalario, pero que esta vez ahora incorporaba al Chagas. A la conocida, iniciativa para la Eliminación de la Transmisión Materno-Infantil de VIH y sífilis, ahora incluiría al Chagas y la hepatitis B (ETMI Plus), y para mejor la actualización de la estrategia, ahora proponía que buena parte de las acciones se realizaran en el primer nivel de atención. Para ese momento, una circunstancia adicional hacia más alentador el panorama, la formulación pediátrica de benznidazol estaba cerca de aprobarse lo que permitiría simplificar el tratamiento de niñas y niños, permitiendo un mejor cálculo de dosis y el consecuente ofrecimiento de tratamientos más adecuados para los lactantes con diagnóstico temprano, y de esta manera minimizar el impacto producido por la infección con el parasito con prácticamente nulos efectos adversos para el niño. Para ese momento cobraba aún mayor relevancia el contar con una técnica diagnostica directa adicional, que permitiera ampliar las oportunidades de detección en lactantes nacidos de madres seropositivas, el micrométodo como único método quedaba supeditado a la disponibilidad de personal técnico entrenado dedicado al diagnóstico, un recurso escaso en el Área Metropolitana de Buenos Aires, que estimativamente concentra el 36% del total de la población de nuestro país. Es decir, que aun en conglomerados que concentran buena parte de la población objetivo la disponibilidad de diagnóstico resultaba limitada.

Unos años después, con la oportunidad de trabajar y tomar decisiones con incidencias directas en las políticas sanitarias a nivel nacional, habiendo sintetizando la importante experiencia adquirida en el primer nivel de atención y sumado a la creciente evidencia generada al momento, me permitió tener la oportunidad de participar sustantivamente en la decisión de incorporar al Algoritmo de diagnóstico de Chagas de la estrategia ETMI-Plus en el año 2022 la técnica de diagnóstico molecular para detección de Tripanosoma cruzi como una alternativa adicional para el diagnóstico temprano los lactantes menores de 10 meses, lo que permite actualmente a las grandes maternidades o grandes laboratorios de todo el país colectar, procesar y obtener resultados diarios o semanales de la mayor parte de los nacidos vivos expuestos de nuestro país. Pudiendo de esta manera el poder optar con la incorporación de una técnica recomendada por la máxima autoridad sanitaria nacional con muy buenos niveles de sensibilidad y especificidad, siendo Argentina el primer país de la Región en incorporar esta opción en los algoritmos de diagnóstico de la Iniciativa Argentina ETMI-Plus. Durante ese mismo año y luego de 15 años de sancionada buscando fortalecer la agenda sanitaria de Chagas desde el ámbito nacional se logró presentar y firmar el decreto reglamentario de la ley de Chagas sancionada en 2007, haciendo operativos artículos centrales de la ley que jerarquizan la importancia de las guías del prevención, atención, diagnóstico y tratamiento del Chagas, unificando a través de las mismas y sus eventuales actualizaciones la indicaciones surgidas de la evidencia científica y constituyendo marco de referencia normativo para lograr la eliminación de la enfermedad en un futuro cercano. 

A pesar de este breve recorrido, considero que es posible pensar que la meta de eliminación de Chagas es posible en un horizonte cercano, y esta certeza está basada en hechos. Aunque el proceso nos haya llevado años, se han logrado avances que podemos sintetizar en: Los avances en la eliminación de la transmisión vectorial, han logrado que en la actualidad la mayor parte de los nuevos casos en nuestro país, provengan de la transmisión vertical y que según el análisis epidemiológico se estime que cada año entre 800-900 niñas y niños nacen con Chagas en Argentina, sabiendo que el 98% de los partos en nuestro país son institucionalizados, es decir ocurren en un hospital o maternidad. Que se dispone de dos métodos de detección alternativos para realizar el diagnostico durante los primeros días de vida. Adicionalmente, se dispone de una terapéutica parasiticida con muy buena eficacia y prácticamente nulos eventos adversos en niños y adolescentes, lo cual otorga a cada recién nacido con Chagas la posibilidad de recibir un tratamiento adecuado con perspectiva de cura brindándole una vida libre de enfermedad, como así también a cada persona con capacidad de gestar la posibilidad de evitar una posible trasmisión a sus próximas descendencias, además de lógicamente, atenuar el impacto de las formas crónicas de la enfermedad. En resumen, estoy convencido que para el abordaje del Chagas en la Argentina están claros: el porqué, para qué, cuándo y quiénes. Solo nos queda comprometernos con el “cómo”, siendo este “como” la duda que nos interpele éticamente y nos impulse activamente hasta lograr la eliminación.

Méd. Juan Manuel Castelli
Especialista en enfermedades infecciosas
Ex Subsecretario de Estrategias Sanitarias del Ministerio de Salud de la Nación