Hace ya unas dos décadas recibí en consulta a una mujer joven, de unos 23 años, con serología positiva para enfermedad de Chagas por dos técnicas diferentes, cuyo diagnóstico fue el producto de una oportuna solicitud, en el conjunto de los análisis de laboratorio solicitados por una colega ginecóloga, dentro de la evaluación pregestacional.
La paciente estaba ciertamente “confundida” pues no encontraba razón alguna para estar infectada. Es decir, para el imaginario social esa posibilidad sólo suele ser relacionada a vivir, o haber vivido, en casas tipo rancho con presencia de vinchucas en su interior. Y, en este caso, ese antecedente no existía, y la paciente, de clase social media alta de la ciudad de Buenos Aires, negaba otras posibilidades en relación con viajes y alojamientos “de riesgo”; tampoco había recibido transfusiones que justificaran su infección, y su madre, hasta los datos posibles de conocer en esa consulta, tampoco había vivido en áreas rurales ni tenido otros riesgos “conocidos”, pues, al igual que su hija también había nacido y vivido siempre en esta ciudad.
Ante su angustia por saberse infectada, y pensando en la posibilidad de concebir, su gran miedo estaba relacionado con poder trasmitirle la infección a su niño. Del mismo modo, también pensaba qué pasaría con ella misma, si enfermaría del corazón, que era lo que le habían dicho podría ocurrir.
A modo de clarificarle algunas puntos de sus dudas, me dediqué, inicialmente, a tranquilizarla, y mencionarle las opciones que teníamos para su seguimiento. Ante todo, y en referencia a una posible transmisión vertical, le comenté que era algo que ocurría en un promedio del 10% de las mujeres infectadas, pero que con la aplicación de los métodos diagnósticos a realizar en el niño al nacer y en su seguimiento, la detección de la presencia de parásitos y su eventual posterior tratamiento garantizaba el 100% de cura. Esto la tranquilizó bastante.
Ante su pregunta de cuál era la chance de enfermar ella misma, le mencioné lo conocido, de alrededor del 30 % de los pacientes. Ello derivó en hablar de la opción de poder tratarla con fármacos parasiticidas, pues era muy joven y podría ser una oportunidad de detener o evitar una progresión hacia la cardiopatía. Por otra parte, y aunque aún no estaba como recomendación formal en nuestras guías sobre manejo de las personas infectadas por Trypanosoma cruzi, le mencioné que había trabajos que mostraban que el tratamiento de la mujer infectada podía ser un método de prevención primaria del Chagas vertical, pues se evidenciaba la ausencia de trasmisión en mujeres previamente tratadas versus las que no lo habían sido.
Es decir, tratarla podría generar beneficio en ella y en evitar infección de su futuro hijo. A esa altura de la consulta noté que estaba mejor, menos tensa y angustiada, y esperanzada con las propuestas planteadas. Pero aún faltaba saber cómo se había infectado. Por ello le mencioné la necesidad de realizarle estudios a su madre. Accedió a llevarle la propuesta y generé la orden de solicitud pertinente.
Unas semanas después, la paciente llegó a la consulta para traer estudios solicitados en el pretratamiento acompañada con su madre, que venía muy preocupada porque su serología tambien había resultado positiva. Diría que lo esperable para mí por falta de otra epidemiología en mi paciente. Nuevamente me dediqué a explicar qué controles y estudios estaban indicados para su evaluación, me preguntó por opciones de tratamiento específico a lo que le respondí con los datos de la evidencia disponible, y ello en el marco de sus 55 años, con lo que sugerí concentrarnos en saber si tenía o no algún daño producido por la infección, y enfatizar la necesidad de seguimiento periódico.
Y, en la confección de la historia clínica surgió que su madre, es decir la abuela de la paciente inicial, había nacido y había vivido hasta la juventud en área rural de Jujuy. Ahí estaba el dato, el eslabón necesario, entre los vectores y mi paciente… ¡transmisión vertical en dos generaciones! Sentí alivio pues cerraba un punto que me intrigaba. La abuela, de casi 80 años, se encontraba bien, sin cardiopatía alguna por lo menos en su controles de salud periódicos. Tiempo después, la nieta me confirmó que también la serología de esta era positiva.
Esta experiencia, vivida en el “consultorio de patologías regionales”, fue muy ejemplificadora sobre la necesidad de ahondar en las distintas posibilidades epidemiológicas para encontrar la exposición al riesgo de adquirir T. cruzi.
En una síntesis de lo que creo es relevante, reitero la oportuna solicitud de la serología por parte de una colega ginecóloga a quien no conocí, pero que sin dudas tenía muy buena formación y conciencia sobre nuestra principal endemia y la necesidad de tamizar Chagas en los estudios de pre-gestación. Así mismo, esta “cohorte familiar” muestra cabalmente lo que venimos observando y sosteniendo en la enseñanza: el Chagas hoy debe pensarse en todo el país y en áreas urbanas dentro y fuera de las provincias endémicas, producto de las migraciones internas desde el área rural con antecedentes de viviendas infestadas con vinchucas. Sin olvidar la posibilidad de otros vías de infección: vertical, como en este relato, o por transfusiones anteriores de la Ley de sangre segura.
Por último, quiero enfatizar en que hay necesidad de pensar en la relación del Chagas y el binomio madre-hijo, pues el tamizaje y tratamiento específico de las mujeres infectadas en edad prefértil y fértil, se constituye en herramienta de prevención primaria del Chagas vertical. Hagamos lo necesario para aplicar el conocimiento adquirido y la evidencia que lo sostiene. ¡Es nuestro deber como miembros del equipo de salud!